Era glamour lo que nos faltaba
De lo que se entera uno. Menos mal que nos lo dice Ferrán Adriá, quien no contento con proveer al mundo de espumas de mandarina, pretende ahora solucionar el problema de la ausencia de cervezas en los restaurantes. Al menos eso es lo que se desprende del publirreportaje artículo de El País (el periódico de mayor tirada en España, para quien no lo sepa). Les dejo un momento para que se echen las manos a la cabeza con su lectura y luego volvemos juntos a ello, ¿vale?.
Vale. El tema va de Inédit, una buena cerveza española, elaborada por Damm. Creo que todos los cerveceros nacionales celebramos en su momento su aparición con verdadero entusiasmo. Por lo que suponía de novedad. Pero también hubo cierto consenso en que la presentación del producto, al estilo de una bebida de alta gama, distaba mucho de ser la más adecuada.
Primero, porque en cuanto a sabor, Inédit no aporta nada no ya inigualable, sino superado por otras cervezas de trigo blanco, sean belgas, alemanas o checas. Por ello, que Adriá se permita decir que Lo importante y lo revolucionario es que una empresa española cree un concepto para el mundo es vergonzoso. Porque o demuestra que el celebérrimo cocinero no tiene ni papa de cervezas (lo cual quiero dudar), o bien que subasta su honestidad al mejor postor.
Cabe también la posibilidad de que el 'concepto' al que se refiera sea el de vender la burra y ponerle un lacito de oro, pero ese me temo que ya está inventado hace mucho tiempo. En ese sentido, es posible que la predicción: dentro de cinco años habrá más cervezas como ésta sea cierta: ya hay más cervezas como esa. Lo que no hay es tanto caradura.
Y segundo. Porque no creemos que el envoltorio haga bueno al producto, ni nos hace especial gracia que el glamourismo se asocie a la cerveza, como sí que sucede (al menos en mayor medida, con el vino).
El reportaje está plagado de perlas. Según sus creadores, Inédit puede competir con el vino. Pues menos mal. La cosa se entiende fácilmente cuando los socios Barber y Adriá señalan el auténtico problema de la cerveza: la gente no pide cerveza en los restaurantes porque cree que no tiene glamour.
Pues no señor. La gente no pide cerveza en los restaurantes porque no la hay de calidad. Y punto. La gente que va a los restaurantes tiene, de normal, sentido del gusto y olfato. Y conciencia de lo que le gusta y lo que no. Y si visitan un restaurante es porque, hasta cierto punto, les gusta probar cosas (nuevas).
Les aseguro que con eso basta para disfrutar de una cerveza. Lo sé porque he sido capaz de disfrutar de cervezas buenísimas constipado y con un presupuesto de dos euros. Y si además la cerveza es una buena cerveza, el asunto estará más que resuelto: la gente pedirá cervezas en los restaurantes.
Lo curioso es que, si hay que atender a la noticia más allá del tercer párrafo, el asunto ya les funciona, y bien. Lo cual no deja de tener un regusto amargo. Porque demuestra, y no es nada nuevo, que no basta con elaborar una buena cerveza -que las hay muchas, y mejores que Inédit- para triunfar en la restauración. Sino que además es necesario apelar al snobismo supremo y a la paparrucha. Paparrucha significa hacer bailar a los animales para que coman la mejor hierba. Como si los animalicos no supieran jampar por sí mismos.
Sin duda los hay que desembolsan cantidades ingentes por una botella de vino -y en algunos sitios de cerveza1- sólo para poder decir que lo han hecho (y si han sido vistos sacando un fajo de billetes de la cartera mejor). Lo llaman lujo y pagas más por la escena que por la bebida. Otros se permiten el lujo de despreciar sin haber probado. Lo que consiguen unos y otros con ello lo ignoro. Reproducirse, tal vez. Lo que sé es que si el glamour sirve seguro para algo es para que te saquen los cuartos.
Ruego hagan ustedes un ejercicio mental: acudan al restaurante Stone Barn. En la huerta seleccionan, usted y su pareja, unas cuantas cebollas para su segundo plato. Despídanse ellas: no las volverán a ver sino en forma de humo caramelizado. A su lado, el propio Dan Barber, batuta en mano, mueve de derecha a izquierda el rebaño de gansos, que bailan acompasadamente en busca del mejor manjar. Seguro que le estará más bueno de ese modo el foie.
Y ya sólo le falta que le cobren a precio de oro una cerveza española. A precio de oro porque la firma Ferrán Adriá. A precio de oro porque hay que pagar muchos publirreportajes artículos periodísticos.
Seguro que les sienta bien.
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