10 junio, 2009

Cata de ron: un cervecero infiltrado

Al final voy a tener que conceder la razón a mis amigos. Resulta que, cuanta más bebidas pruebo, mas bebidas me gustan. Porque a mí no me gustaba el ron, para nada. Para licores, me van más los secos: tequila, vodka o ginebra (sin tener grandes gustos para ellas). Pero claro, si a uno le montan una cata guiada a través de rones de alta calidad, y si le explican el proceso de fabricación, y el complejo sistema de solera con el que lo mezclan... pues así convencen a cualquiera. Y más si se acompaña con la degustación de rones como Pampero aniversario, Zacapa 23 y Zacapa XO.

Que fueran esos rones y no otros es cosa del comercial brand embassor de Diageo, al que por supuesto, le interesa vender sus marcas. De ahí que la presentación se centrara en la especial elaboración que realiza Zapaca, la destilería de ron con mayor poder en Guatemala. Sin embargo, en su presentación descubrí cosas nuevas en la elaboración del ron que no sabía y que, a renglón seguido, paso a relatar. Hasta entonces, yo sólo sabía que el ron se obtiene de algún modo de la caña de azúcar, poco más. Pero, hay mucho, mucho más.


Para empezar, la caña de azúcar no es originaria de los países centroamericanos a los que tan bien les ha ido con su cultivo. Proviene de Asia, de las regiones de Filipinas y China. Allá fue descubierta por Alejandro Magno, aunque su expansión a Europa llegaría a través de los musulmanes, quienes la trajeron primero a España. Muchos años después sería Cristóbal Colón quien, en uno de sus viajes a las Américas, la transportaría allende los mares, descubriendo que en las islas caribeñas -Cuba, Jamaica, Santo Domingo- esta planta se adaptaba realmente bien.

El comercio de azúcar fue desde entonces una actividad tremendamente lucrativa para los países involucrados, siendo un eje principal del triangulo comercial de las potencias colonizadoras. Pero no seguiremos por ahí. Lo que pronto se descubrió es que, en la extracción del azúcar de la caña, se empleaba agua caliente. Y que, tras la misma, el jugo resultante podía ser destilado para dar lugar a un licor de elevado grado, que sería popularizado por los piratas a lo largo y ancho del mundo: el ron.

Como siempre el origen del ron no está nada claro. Barbados se ha atribuido la primera destilación industrial. En cualquier caso las colonias inglesas, españolas y francesas se aplicaron con empeño en producir esta bebida, que luego sería transportada a Europa.

El proceso más común para obtener el ron (que es el original) es mediante la fermentación de la melaza. La melaza es el principal subproducto de la extracción del azúcar de caña. Tiene una consistencia densa y espesa (como la de la miel, de ahí su nombre). Para obtenerla es necesario cortar y lavar la caña, molerla y prensarla. Después se añade agua caliente. Para extraer el azúcar, la mezcla se centrifuga y se calienta aún más, para propiciar la cristalización de azúcar. Es proceso se repite hasta dos veces, obteniéndose tres grados de concentración de los azúcares, los cuales se pueden tratar por separado. El líquido 'sobrante', muy tostado, es lo que se llama melaza y, una vez fermentado, destilado y guardado, dará lugar al ron. Por ello el ron de melaza conserva los sabores tostados, a regaliz o cacao.

Sin embargo siempre hay quien, en la búsqueda de la esencia, pretende encontrar el más puro de los procesos. Y de este resulta la miel virgen, con la que se elaboran los rones agrícolas de las ex-colonias francesas -Martinica-, los rones de Guatemala y algunos de Venezuela. La miel virgen es el jugo de caña concentrado, sin haber extraído el azúcar. La miel virgen otorga al ron la acidez de fruta fresca.

La fermentación, de miel virgen o melaza, es el siguiente paso en la elaboración, y dura entre dos días y una semana, en un equilibrio entre el cuerpo de la bebida, la pesadez de la misma y el aporte que se quiera obtener de la propia caña de azúcar. La fermentación se produce entre 28 y 30 grados. Tras la fermentación, el resultante, denominado guarapo es destilado.

Aunque el proceso de destilación es distinto al del whisky (el cual mencioné hace escasamente un mes), aquí también nos encontramos con distintos resultados del mismo: cabezas, los primeros licores que asoman, corazón, los que a aparecen a mitad del proceso y colas, los que aparecen al final. Es una tarea vital determinar en qué momento y a qué altura recogeremos cabeza, corazón y colas: la pesadez de los alcoholes está en juego. Cabeza, corazón y colas deberán reposar por separado durante al menos tres años para poder formar parte de algún ron.

La bebida resultante de la destilación de la caña de azúcar sin añejamiento se denomina cachaza y es especialmente popular en Brasil y empleada en muchos cócteles. Por supuesto, se mezcla antes con agua: ¡tras la destilación el líquido tiene una concentración de alcohol entre 85º y 95º!. La guarda afina el ron, le otorga nuevas tonalidades de color y transfiere algunos sabores a vainilla y torrefactos: la mayor parte de rones envejecen en barricas de roble blanco americano quemado.

Pude parecer que tres años son pocos comparado con el tiempo de añejamiento de algunos whiskys, pero lo cierto es que las reacciones que se deben dar en la barrica suceden a mayor velocidad en el calor del trópico que en las islas inglesas. Para comparar calidades, lo justo es multiplicar por tres el tiempo del ron: así, un ron de tres años equivaldría un whisky guardado durante nueve. Al menos eso me dijeron.

La mezcla de rones puede ser extraordinariamente compleja. Al menos lo es en el caso de los rones Zacapa de alta gama. En estos emplean un sistema de solera donde las barricas de diferentes edades, hasta 4 años, se homogeneizan, y la mezcla pasa a otras barricas. Con estas otras barricas, algunas de las cuales contienen caldos de hasta ocho años se repite el proceso, guardando la mezcla resultante. De este modo, el destilado pasa por barricas que contuvieron bourbon, barricas quemadas, barricas de Jerez (sherry), barricas de Pedro Ximenez y finalmente barricas de roble francés. El resultante es tremendamente complejo: su edad mínima es de 8 años y la máxima de 25, para el Zacapa XO.

En cuanto a la cata, impresionante. Aunque Pampero Aniversario me pareció un buen ron (por más que sé poco del tema), no tenía nada que ver con los siguientes. Zacapa 23 se notaba con aroma a canela y a pastel de mazna. Un poco después se notaba más ahumado y pasificado. En boca era muy fresco y dulce, con una acidez notable. Al final se notaba un amargor un poco chocolateado.

Zacapa XO era más estructurado y cálido, para tomar reposado. Especiado (pimienta) dejaba luego paso a sabores más dulces y golosos: miel, caramelo y un amargor de piel de naranja. En boca es untuoso y llena por completo, sin que el alcohol se imponga. Es un ron buenísimo, pero prefiero el 23, que en un vaso frío tiene que estar de muerte.

En resumen. Sale a cuenta ofrecer una cata de buen ron. Si se hace bien y se transmite la pasión por la bebida, el dinero invertido en las copas de los asistentes se recuperará de sobra. Yo al menos, confío en volver a probar estas bebidas (y muchas nuevas en un futuro).

Y atención, amigos: la próxima cata en el Club de Enófilos es... ¡de cervezas!. Tienen otro post asegurado.

Cata (y explicación) a cargo de Diageo, importador de bebidas.
Ron en la wikipedia inglesa.
Origen de la foto

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10 mayo, 2009

Cata de whiskys: un cervecero infiltrado

Pues sí señor. Resulta que no todo son vinos en el Club de Enófilos de la UPV. Hace tres semanas pudimos disfrutar (con cierto esfuerzo) de una cata de whiskys Single Malt. Una cata completa, con su pequeña porción de historia del whisky, fabricación, y proceso de degustación.

Pero antes de relatársela, una confesión y una pequeña historia. No soporto el whisky. La historia es conocida, y repetida por muchos otros con otras bebidas. Alegría y desenfreno, botellón en las praderas de Irlanda. Entre los participantes, un apuesto joven de 17 años. ¿Quieres whisky? - le preguntan. Como no, estando sobre las verdes praderas de Irlanda. Entre dos jóvenes finiquitan la botella, acompañada de Fanta naranja. Sin vasos, trago de uno, trago de otro.

Les ahorraré detalles. La cosa acabó mal, sobre las verdes praderas de Irlanda. Y sobre la discoteca. Y sobre las piernas de alguna desafortunada. Y al día siguiente, tras el desayuno. Y como el cuerpo humano es sabio, nuestro apuesto joven creció y maduró con un rechazo instintivo al licor de malta.

El joven apuesto era yo, por cierto. Ahora soy menos joven y más apuesto.


Comprenderán pues, que estando servidas todas la bebidas doradas en sus copas antes de empezar, a punto estuve de salir corriendo nada más entrar en el aula de cata. Para dirigirme al baño y recordar los grandes momentos de Irlanda, claro. Pero aguanté como un machote. Y gracias a que lo hice aprendí un montón.

Como que el whisky, pese a ser procedente de Irlanda, ha crecido y madurado en Escocia para dar lugar a los productos más puros: el Single Malt, obtenido a partir de una una única variedad de malta de una destilería. Y cómo las distintas zonas de Escocia (Lowlands, Highlands, Speyside, Skye e Islay) aportan sus características distintivas a la bebida: amaderados, ahumados, frutales y herbales, picantes y especiados...

El proceso de fabricación del whisky tiene similitudes con el de la cerveza en el sentido en que ambas se obtienen de la cebada. Fuera de esto, poco más. Las variedades que se emplean para la fabricación del licor contienen mayor cantidad de almidón y menor de proteínas. En el proceso de malteado, el grano se deja germinar para romper las largas cadenas de azúcares y convertirlos en fermentables y más tarde se seca. Para ello se emplean los hornos de turba tradicionales.

La turba no es más que materia orgánica en descomposición, con alto contenido en carbono. De hecho, la turba, a lo largo de los siglos y a altas presiones, conforma el carbón. El secado mediante el calor de la combustión de la turba proporciona al whisky los aromas ahumados y acres, especialmente en Islay y West Highlands.

La malta se muele para formar el grist y éste se macera con agua caliente en el mash tun. De este modo se obtiene el mosto que se fermentará durante dos días mediante la adición de levaduras. Los azúcares del mosto se transformarán en alcohol. En este momento disponemos de lo más parecido a una cerveza: un líquido sin apenas carbónico con un 7% de alcohol (wash). Aquí terminan las similitudes con la fabricación de cerveza y comienza el destilado.

El destilado es un proceso en dos fases muy complejo, en el que intervienen dos alambiques. De una primera destilación se obtienen los llamados low wines un líquido con una concentración de alcohol de un 30%. Éste es destilado de nuevo, obteniéndose una 'bebida' con aproximadamente un 60-70% de alcohol. Pero el primer líquido que destila -las llamadas cabezas- y el último que termina de salir -las colas- no son aptas apara obtener un buen whisky directamente. Se suelen juntar para destilar de nuevo. El líquido aparecido en medio del proceso -middle cut- es el idóneo para dejar envejecer.

Al terminar el proceso, el whisky debe reposar en barricas durante al menos tres años. Las barricas empleadas en Escocia son siempre usadas, y han contenido bourbon1 estadounidense o Jerez. La barrica otorgará al whisky su color, además aromas a vainilla, chocolate y frutos secos, dependiendo de su procedencia. Algunas de ellas guardan caldos durante cuarenta años.

Al final es el maestro quien selecciona las barricas a partir de las cuales se embotellará la bebida. Cuando en una botella de whisky aparece su edad, ésta representa la edad de la barrica más joven con la que se ha elaborado. Para terminar, aunque tras muchos años de guarda, parte del alcohol se ha volatilizado, es necesario añadir agua para dejar el whisky en torno al 40% de alcohol. Durante esos años, los vientos del lugar también habrán realizado su aporte, especialmente en las costas de Islay y Skye.

Todo esto aprendí durante la cata. Pero, ¿qué hay de la cata en sí mismo? ¿Cómo se cata una bebida tan espirituosa?

En primer lugar se observa el color, que puede dar pistas acerca del tipo de barrica en la que estuvo. La gama cromática va desde el dorado más pálido hasta la miel o ámbar más cálido. Alguno también tienen destellos aceitunados. La lágrima que forma nos indica su proporción de alcoholes y su densidad.

El whisky no se cata como el vino. Sobre todo porque te arde nariz si la metes en la copa. Para apreciar los aromas hay que olfatear la bebida acercándola a la nariz y separándola poco después, sin grandes inspiraciones que sólo nos embotarían. Personalmente, me resulta difícil abstraerme del alcohol para reconocer los distintos aromas, pero una vez identificados, volver a ellos es mucho más sencillo.

Finalmente la cata en boca se realiza también en dos fases. En la primera se degusta así sin más, dejando reposar sobre la lengua un momento. En la segunda se mezcla con un poco de agua. El agua aplana unos sabores y realza otros en cada whisky, así nos permite reconocer algunos sabores y aromas que permanecían tapados en primera instancia. Algunos whiskys aceptan mejor el agua que otros, aunque al final todo viene a ser una cuestión de gustos, claro está.

Los whiskys que probamos fueron tres (pocos, si es que hubo alguien, se los acabó). Los tres Single Malt, por supuesto:

Cardhu Cask Reserve: De Speyside nos llega esta marca, quizá la más conocida de Single Malt en España (fue de las primeras en desembarcar). Cask reserve es una selección de las mejores barricas de la destilería. Color oro, olía a melocotón y a fruta tropical, cuerpo medio (comparado con los dos siguientes). En boca frutos secos y vainilla, bastante especiado. En mi opinión, fue el más plano, o el más parecido a lo que esperaba de un whisky.

Talisker 10: de Islands, el más sorprendente de los tres: aromas a ostras y mar, un poco ahumado. En boca mucha pimienta e intenso, con mucho cuerpo. Se notaba un poco de madera. A mí me gustó mucho más el aroma que el sabor, demasiado alcohólico y picante. (¡Tiene casi 46º!)

Lagavulin 16: la joya de la cata. Tiene un color intenso dorado, ambarino. El aroma es a turba, a más no poder. Luego se distingue yodo, procedente del agua de la zona de Islay. En boca es dulce y luego salado, con mucho mar. Verdaderamente, un whisky redondo y muy complejo.

En fin, una experiencia de lo más interesante y que no me importaría repetir. Ya no soy el joven de 17 años. Mucho más guapo y resabiado, me he reconciliado con el whisky. Próxima parada: territorio ron. ¿Les he contado que no me gustan las bebidas dulces?.

1 ¡Resulta que para fabricar bourbon tienes que emplear barriles nuevecitos cada año!. Los compran con el dinero que obtienen de vender barriles de primer año a los fabricantes de whisky.

Cata a cargo de Diageo, importador de bebidas.
Revista Bar&Beer, nº 2, 2008

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21 diciembre, 2008

Una discusión absurda, e inoportuna

Esto que les voy a contar sucedió hace ya más de un mes. Pensé en publicar una entrada de inmediato, pero la eterna falta de tiempo la fue retrasando. Ahora que he visto que el amigo Catador habla de la cerveza y el vino en su última entrada, retomo la ocasión.

Los que me conocen y siguen este blog ya sabrán cómo [de sensorialmente desafortunada] fue mi primera aproximación al mundo del vino. Este primer encuentro me dejó con ganas de seguir probando vinos y conocer más de cerca esta bebida. La cosa es que entre lo bueno de trabajar en una Universidad se encuentra que existen un montón de oportunidades culturales en torno a ella y una de estas era el Club de Enófilos UPV, formado por un grupo de amantes del vino. Estos realizan catas quincenales presentadas por alguna bodega, normalmente de la Comunitat Valenciana. Aunque no se trata de enseñar a nadie a catar (eso se da por supuesto), hay que decir que uno aprende mucho sencillamente escuchando y probando. No sólo eso: es común que el club de enófilos disponga de invitaciones para asistir a presentaciones de vinos y demás saraos vitivinícolas, a algunas de las cuales he acudido con gusto.

Así que poco a poco voy reconociendo aromas con mayor precisión en el vino y aprendiendo a disfrutar de sus matices como lo hago con las cervezas.

Y en esas estábamos hace un mes y medio cuando un buen día, durante una cata de la bodega Heretat de Cesilia... se coló un cervecero invitado. Un cervecero follonero.


Vaya por delante que lo de follonero lo digo con simpatía. A pesar de la vergüenza ajena que muchos de los que estábamos allí sentimos en su primera intervención.

La protesta venía a cuento del siguiente texto en el panfleto publicitario proporcionado por el enólogo de la citada bodega:

Se ha hecho una maceración pelicular durante 14 horas con la ayuda de la nieve carbónica. El prensado se ha efectuado en una prensa neumática. Después de un ligero desfangado, se ha depositado el mosto directamente en barricas de roble francés y del este de Europa (...)1.

Lo que molestaba al cervecero era, al parecer, el exceso de adjetivos que emperifollaba la prosa y que le daba un aire de snobismo innecesario. Lo que en el fondo venía a criticar el cervecero era la ampulosidad otorgada a la elaboración del vino, pero también a la ceremonia de la cata, con su paladeo y retronasal incluida. De hecho, mientras los del club procurábamos reservar la bebida en las copas para dejarles un poco de tiempo antes de dar el último trago (y ver cómo ha evolucionado al calentarse y oxigenarse el caldo), el cervecero apuraba las copas al poco de servírselas, casi con impaciencia. Dio la casualidad de que el enólogo que presentaba la cata era galo y hablaba con un castellano perfecto de francés de película. Supongo que, añadido este detalle, para el cervecero invitado la escena conformaba un marco idóneo para su crítica.

¿Y cómo sé que era cervecero?. Pues porque él mismo se encargó de repetirlo una y otra vez: "yo vengo del mundo de la cerveza y allí no no tenemos tanta tontería". No es exactamente eso lo que dijo, pero ese era el mensaje que transmitía. Y entiendo que ese era el mensaje que transmitía porque es el mismo que yo hace tiempo compartía y que he escuchado alguna vez cuando últimamente he comentado que formaba parte de un club de enófilos.

Así, que, mientras el resto de personas sufríamos de eso llamado vergüenza ajena, el cervecero (que trabajaba en la Heineken, lo cual no creo que sea motivo de orgullo) repetía una y otra vez las diferencias entre el mundo de la cerveza y el mundo del vino. Siendo este último más serio y mas ingenieril...

Bien es cierto que en eso que se llama 'el mundo del vino' puede haber un exceso de ceremonia y una tendencia a la exageración. Prueba de ello es la anécdota que me comentaba un compañero del propio club: la descripción durante una presentación de uno de los aromas de un caldo como "olor a hábito de novicia mojado". El auditorio, experto en vinos, respondió como merecía la ocasión: con una sonora carcajada y un aplauso general ante la ocurrencia.

¿A qué se debe esta mayor propensión al ritual en torno al vino (y no en torno a la cerveza)?. Puede haber varias causas, pero ninguna de ellas me convence. El vino no es más complicado de fabricar que la cerveza (aunque requiera mayor tiempo de guarda, por lo general). Los términos vinícolas descienden del francés y le dan un aire distinguido al proceso 2, pero con eso no basta. Desde luego, que España sea una país idóneo para el cultivo del vino y seña de nuestra gastronomía también es un factor clave en la apreciación que de éste tenemos. De igual modo, la calidad del vino producido en España se ha incrementado espectacularmente en los últimos 30 años, mientras que seguimos sin tener una industria cervecera que ofrezca productos de alta gama.

La llegada de las cervezas belgas a España ha cambiado un poco la apreciación de la cerveza entre los españoles. De hecho, cuando pregunto a la gente que me diga BUENAS cervezas que ha probado, siempre, sin excepción, me cita a las belgas más conocidas en nuestro país.

Se me ocurre también una explicación más simplista: el vino se ha asociado a la bebida de las clases pudientes, especialmente por el ato precio que pueden llegar a alcanzar algunas botellas. Según esta visión, la cerveza, producida en masa, es la bebida del grupo, de las clases trabajadoras y rudas. Podemos pensar que esto es una tontería, pero no hay más que ver la diferencia entre los anuncios de cerveza y los del vino-cava (estos primeros casi no se ven, debido a la ley). Los cerveceros venden camadería y amistad, los vinos distinción y exclusividad. Sólo Voll-Damm se anuncia como una cerveza para tomar sólo y sentado.

Otra posible razón, mucho más sutil, es la dificultad de apreciar bien una cerveza. Cualquier vino es, con diferencia, mucho más fragante que la común de las cervezas. No es nada sencillo apreciar una buena lager de la que te puedes tomar 2 litros y muchos, incluso entre los cerveceros, consideran más exclusiva y sabrosa una cerveza de 10 grados. Aunque sea Gordon Finest Gold. La razón de esto es bien sencilla e inocente: el 95% de una cerveza es agua. Paladear una cerveza hasta el punto de extraer distintos aromas es más difícil que un vino. Y eso también puede ser un factor en la distinta valoración de ambas bebidas y lo que las rodea.

¿Es malo el snobismo que rodea al vino?. Hombre, llevado a un extremo sí, pero demuestra que esta bebida tiene una consideración social elevada. Por otro lado, aunque me gustaría que la cerveza fuera más apreciada y reconocida entre los españoles, no puedo desear la existencia de un club de cervefilos reunidos en un aula sellada con paravanes a los lados (salas de cata). El lugar de reunión de los cerveceros es y debe ser el bar, por más que se pierdan algunos aromas esenciales entre el tumulto.

¿Como terminó la historia del cervecero infiltrado?. Pues nada, fui a hablar con él tras la cata donde me comentó que lo suyo había sido tan sólo para crear debate y un poco de animosa polémica. Pidió perdón simpáticamente a los organizadores y al enólogo francés por dar tanto la vara en mitad de la cata.

¿Y los cerveceros digitales que opinan? ¿Existen dos mundos distintos, el del vino y el de la cerveza condenados a no entenderse a causa de la cursilería del primero?. ¿Sería deseable que en la cerveza empezara a existir cierto ritual ceremonioso al probarla?. ¿Y si con ello conseguimos que más gente valore la buena cerveza en su medida?.

Abiertas quedan éstas mis dudas. Por cierto que hace poco tuvimos la cena del club de vinos, donde debíamos aportar la bebida. Ni corto ni perezoso les llevé una cerveza, claro. Hay que ir haciendo país. O mundo.

1 El vino en cuestión: señor de la Sirera, 90% Albariño, 10% Chardonnay. Ahora no encuentro la ficha de cata que realicé, así que les hablaré como cervecero: estaba cojonudo. ;-)
2 Por ejemplo, siguiendo la descripción anterior: ha sufrido "batonnage" semanal para conseguir más volúmen y un efecto graso en boca. Que si no me equivoco consiste en liarse a bastonazos para romper la capa de sedimentos que se forma sobre el vino. Que es además el modo de toda la vida.

Mi chica me ha contado lo que es el batonnage. De la asignatura Vinos y Bebidas Alcohólicas. Que el exámen es mañana!
Fuente de la imagen (Creative Commons)

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15 mayo, 2008

Cata de vinos: un cervecero infiltrado

Pues sí amigos. La semana pasada asistí, en buena compañía, a un cursillo de dos días de Iniciación a la cata vinos. Por supuesto, lo hice con la más malévola de las intenciones: aprender todo lo necesario para aplicarlo luego a la cata de cervezas. Por desgracia, en mi ciudad no conozco iniciativas de cata de cerveza en ningún lugar. De todos modos, quedé tan encantado con la experiencia que no dudo volverá a repetirse y me tomaré más a broma mi papel como agente doble.

El curso constaba, en primer lugar una presentación teórica acerca de la historia del vino, su proceso de fabricación y las fases de cata. Luego venía la cata, que fue lo más entretenido, claro. Pero lo primero que me llamó la atención de toda la presentación fue la ausencia de mención alguna a la cerveza. ¿Alguien se imagina un curso de cerveza donde no se nombre la palabra "vino"? ¿No somos los cerveceros un poco quejicas? ¿Tendremos acaso sentimiento de inferioridad, que tenemos que estar recordando constantemente que la cerveza no tiene nada que envidiar al vino?. En fin, planteadas quedan estas divagaciones.


Sobre la historia del vino y su elaboración no hablaré aquí. Que este es un blog de cervezas, leñe.

Pero lo de la cata fue impresionante. Para educar el olfato, el ponente nos propuso un juego. En cadena, cada uno de nosotros tenía que identificar el origen de 20 fragancias distintas, embotelladas en pequeños frascos numerados. Fue una auténtica tortura, para mí y para la mayor parte de compañeros. Pero veamos algunos de mis resultados.

Dije Jabón y era... Piña
Dije Pintura y era... Cuero
Dije Barniz y era... Pimiento verde
Dije Poleo y era... Heno recién cortado

Bueno, así unas 20 botellitas el primer día y unas 13 en el segundo, donde acerté unas cuantas más. Lo curioso es que, una vez te han 'chivado' la respuesta, el olor aparece bajo tu nariz inconfundible. Y lo mismo sucede cuando se trata de acertar con los sabores que se perciben en un copa.

La cata fue estupenda: 4 vinos el primer día y 5 el segundo. Mientras que el primer día probamos un blanco, un espumoso, un rosado y un tinto, el segundo día catamos 5 tintos distintos. Tal variedad permite identificar los aromas y sabores por comparación y es una experiencia muy enriquecedora. Te permite dejar un poso de vino en la copa y retomarlo más tarde.

Me quedó claro que lo realmente difícil es poseer una buena memoria olfativa y gustativa. Identificar algunos de los muchos olores que se perciben es como localizar una punta de hilo en una madeja enmarañada y tirar de ella. Para ello no sólo se necesita tener buena vista, sino también saber dónde y qué es lo que hay que buscar. Comprendiendo las fases de elaboración del vino podemos estar mucho más atentos y buscar el sabor de la fermentación láctica, la astringencia de los taninos o el tostado de las diferentes maderas, por poner algunos sólo ejemplos.

Aprendimos además cómo la intensidad y fragancia de los aromas evoluciona en la copa durante el tiempo que dura la cata. Y comprobamos cómo muchos vinos desarrollan sabores distintos a medida que se calientan o se les oxigena. No había mareado tantos vinos en la vida. Y la verdad es que la experiencia se nos quedó corta.

Muchas de estas prácticas (que no todas) se pueden aplicar a la cerveza. Por supuesto, los olores primarios y derivados del proceso de fabricación serán distintos. Por ejemplo, una vino con olor a mantequilla indica que ha tenido un fermentación láctica, y es perfectamente aceptable. En cambio, en la cerveza, la presencia de mantequilla no es agradable e indica un exceso de diacetilo.

Todavía no me atrevo a poner notas de cata de cerveza e este blog: me falta más práctica. Pero poco a poco iré mejorando y algún les sorprendo con alguna entrada de cata.

Y en cuanto al vino, qué les voy a contar. El fin de semana pasado acompañamos la cena con un estupendo blanco valenciano, Pago de Tharsys 2006, de vendimia nocturna1. Le encontré un ligero aroma a fresa y era....
piña tropical!. Necesito más cursitos de estos.

1 Los cerveceros también tenemos estas extravagancias, no se crea usted que no. La cerveza suiza Vollmond se elabora con luna llena y con todo el misterio que acompaña a una etiqueta preciosa. La cerveza en sí me pareció, en cambio bastante insípida e irrelevante.

Como el curso me encantó lo promociono:
Impartido por Verema. (Club de aficionados al vino)
La foto, (como siempre Creative Commons) es de Riebschlager

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